martes, 3 de abril de 2007

El amor es una peste...(Una respuesta obligada)

No creo en las casualidades. Es imposible sentarse frente a un incidente fantástico y pensar que es obra del azar. Digo esto porque a veces pienso que todo está divinamente planeado. El niño que tumba un jarrón, la mirada firme en el pasillo, una silla, un problema, una solución. Todo nos ayuda a unirnos, a entrelazarnos, a tejer una maravillosa historia dentro de la fantástica prenda que llamamos vida.

En mi inmadurez reconocida hubiese dicho que por azar encontré un libro, pero como ya levanté los pies y me vi reconocido en una inmadurez mucho más sincera, digo que esta lectura vino justo en el momento en que lo necesitaba. Línea tras línea fui envuelto en una suerte de presagio: todos estamos destinados al mismo tejido, la misma técnica, la misma señora que tarde a tarde se junta con sus sueños y sus fracasos a tejer la prenda adorada. Es que no podemos escapar nisiquiera de los materiales. Somos tejidos con los mismos hilos, vivos, decolorados, fuertes, ásperos, resistentes, pero al fin y al cabo la misma hebra hace coraza de nuestro corazón.

En este presagio, que no es un apocalipsis, ni una una suerte de mal augurio, se fue topando repetidamente el amor en todas sus facetas; el amor débil, el optimista, el corajudo, el insensible, el orgulloso y hasta a veces, el amor malsano. Como somos tan ignorantes y no lo sabemos reconocer, llamamos amor todo lo que nos impulsa, lo que nos da valor, lo que nos llena de vida, y nos contagiamos, y viene inherente a nuestra existencia. Pero línea a línea este poliedro de amores fueron agotando a sus comensales, al demente que aruñaba de las paredes un poco de cal, y se fue convirtiendo en algo infeccioso, casi inescapable.

"El amor es una peste", dijo Jose Arcadio Buendía, al saber que su hijo menor se enamoraba de una doncella que aparte de ser impúber, soñaba aún con sus muñecas al anochecer, y no estaba preparada para asumir los roles de una amante de vientre maduro, pero que brillaba en los ojos de Aureliano con su vestido de organdí y sus botitas blancas. Las historias ajenas, las palabras de otros, los amores de otros, la agonía al otro lado del río hace que nos sintamos cada vez más unidos. Tu pena es mi pena, tu pie hinchado sufre al lado del mío, no podemos escapar, nuestras historias se abrazan, se acarician, se seducen hasta acabar en un lecho de nupcias ininterrumpidas.

Con esto te digo, tú, la que me preguntaste que por qué el amor es una peste, que desde que nacemos nos infectamos de ese néctar desconocido. Es letal, a veces tiene sabor a gloria, a veces sabe a derrota, a veces a esperanza y a veces a esperanza perdida. Lo transmitimos, lo recibimos, lo deseamos, lo repelemos, pero al final es y será la causa de nuestras más grandes victorias y nuestras más grandes derrotas.

Si te respondo querida vida, es porque en la respuesta quizás esté mi olvido y empiece una vez más a desear este terrible tormento, esta fiebre que hace titiritar, el sudor en mi frente, las ansias de verme envuelto en una muerte segura, pero una muerte en donde estamos seguros que hay vida después de la vida.

1 comentarios:

JEGR dijo...

La vida nos tenia planeado que siendo yo un impúber tu me detestaras como un niño detesta cuando el hermano mayor le quita un juguete, ahora que ninguno de los dos adolece de cosa alguna la vida planea que tengamos amor de hermano por el otro...si el amor es una peste, entonces no tengo y no quiero anticuerpos para el.

EL POEMA DEL DÍA

LA CARTA EN EL CAMINO

Adios, pero conmigo
serás, irás adentro

de una gota de sangre que circule en mis venas
o fuera, beso que me abrasa el rostro
o cinturón de fuego en mi cintura.
Dulce mía, recibe
el gran amor que salió de mi vida
y que en ti no encontraba territorio
como el explorador perdido
en las islas del pan y de la miel.
Yo te encontré después
de la tormenta,
la lluvia lavó el aire
y en el agua
tus dulces pies brillaron como peces.

Adorada, me voy a mis combates.

Arañaré la tierra para hacerte una cueva
y allí tu Capitán
te esperará con flores en el lecho.
No pienses más, mi dulce,
en el tormento
que pasó entre nosotros
como un rayo de fósforo
dejándonos tal vez su quemadura.
La paz llegó también porque regreso.
a luchar a mi tierra,
y como tengo el corazón completo
con la parte de sangre que me diste
para siempre,
y como
llevo
las manos llenas de tu ser desnudo,
mírame,
mírame,
mírame por el mar, que voy radiante,
mírame por la noche que navego,
y mar y noche son los ojos tuyos.
No he salido de ti cuando me alejo.
Ahora voy a contarte:
mi tierra será tuya,
yo voy a conquistarla,
no sólo para dártela,
sino que para todos,
para todo mi pueblo.
Saldrá el ladrón de su torre algún día.
Y el invasor será expulsado.
Todos los frutos de la vida
crecerán en mis manos
acostumbrados antes a la pólvora.
Y sabré acariciar las nuevas flores
porque tú me enseñaste la ternura.
Dulce mía, adorada,
vendrás conmigo a luchar cuerpo a cuerpo
porque en mi corazón viven tus besos
como banderas rojas,
y si caigo, no sólo
me cubrirá la tierra
sino este gran amor que me trajiste
y que vivió circulando en mi sangre.
Vendrás conmigo,
en esa hora te espero,
en esa hora y en todas las horas,
en todas las horas te espero.
Y cuando venga la tristeza que odio
a golpear a tu puerta,
dile que yo te espero
y cuando la soledad quiera que cambies
la sortija en que está mi nombre escrito,
dile a la soledad que hable conmigo,
que yo debí marcharme
porque soy un soldado,
y que allí donde estoy,
bajo la lluvia o bajo
el fuego,
amor mío, te espero,
te espero en el desierto más duro
y junto al limonero florecido:
en todas partes donde esté la vida,
donde la primavera está naciendo,
amor mío, te espero.
Cuando te digan "Ese hombre
no te quiere", recuerda
que mis pies están solos en esa noche, y buscan
los dulces y pequeños pies que adoro.
Amor, cuando te digan
que te olvidé, y aun cuando
sea yo quien lo dice,
cuando yo te lo diga,
no me creas,
quién y cómo podrían
cortarte de mi pecho
y quién recibiría
mi sangre
cuando hacia ti me fuera desangrando?
Pero tampoco puedo
olvidar a mi pueblo.
Voy a luchar en cada calle,
detrás de cada piedra.
Tu amor también me ayuda:
es una flor cerrada
que cada vez me llena con su aroma
y que se abre de pronto
dentro de mí como una gran estrella.

Amor mío, es de noche.

El agua negra, el mundo
dormido, me rodean.
Vendrá luego la aurora
y yo mientras tanto te escribo
para decirte: "Te amo".
Para decirte "Te amo", cuida,
limpia, levanta,
defiende
nuestro amor, alma mía.
Yo te lo dejo como si dejara
un puñado de tierra con semillas.
De nuestro amor nacerán vidas.
En nuestro amor beberán agua.
Tal vez llegará un día
en que un hombre
y una mujer, iguales
a nosotros,
tocarán este amor, y aún tendrá fuerza
para quemar las manos que lo toquen.
Quiénes fuimos? Qué importa?
Tocarán este fuego
y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre
y el mío, el nombre
que tú sola supiste porque tú sola
sobre la tierra sabes
quién soy, y porque nadie me conoció como una,
como una sola de tus manos,
porque nadie
supo cómo, ni cuándo
mi corazón estuvo ardiendo:
tan sólo
tus grandes ojos pardos lo supieron,
tu ancha boca,
tu piel, tus pechos,
tu vientre, tus entrañas
y el alma tuya que yo desperté
para que se quedara
cantando hasta el fin de la vida.

Amor, te espero.

Adiós, amor, te espero.

Amor, amor, te espero.

Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra,
mi mano escribe esta carta en el camino,
y en medio de la vida estaré
siempre
junto al amigo, frente al enemigo,
con tu nombre en la boca
y un beso que jamás
se apartó de la tuya.

Pablo Neruda